¿queda algún rastro del camino?
Ves una habitación muy larga, con imágenes conocidas. Las pocas escaleras danzan con el blanco del piso y de las cortinas que se suman a la claridad del lugar.
El movimiento de los rostros desconocidos que son uno contigo se mezclan con el movimiento de las telas blancas que cubren una parte del piso y de los pocos muebles que se encuentran en la habitación.
Miras al fondo, te llama la atención la ventana que está justo al centro del muro. Observas el marco, traslúcido a través de las cortinas y te das cuenta que no sólo es una ventana, es parte de una puerta que se encuentra cerrada. Ves como el viento que viene de afuera mueve suavemente las cortinas y te deja ver un poco el exterior.
El tiempo se detiene, todo el movimiento de la gente que está dentro contigo; con ideas, con rostros desconocidos, con ausencia, se detienen un segundo cuando te das cuenta de lo que está fuera de ti, a través de la ventana … el principio del desierto.
La inmensidad del polvo dorado, con huellas del viento que forman curvas por sus pasos te hacen sentir lo cálido que es afuera, bajo ese sol inexistente de mercurio dorado.
Te pierdes un momento. Olvidas lo que viste. Un rostro no conocido te habla con extraña confianza a la que tú respondes con naturalidad y completa soltura.
Algo te hace girar el rostro, es una sensación de descubrir por primera vez algo que se sabe que ya se ha vivido.
Llegas al centro del muro, no sabes cómo llegaste ahí, la ventana es ahora una puerta abierta, las cortinas siguen flotando por el viento que entra suavemente.
El dorado es ahora un azul profundamente obscuro, sabes que es como una neblina que ha cubierto la inmensidad, es como si el bullicio de la habitación hubiera manchado aquel polvo dorado tocado por el viento.
Ahora, afuera, todo es movimiento y obscuridad, sabes que ahí hay algo a lo que le temes, tal vez sea algo peligroso, aún así, el miedo no te ha tocado mientras caminas hacia la puerta con la mirada fija en ese desierto que ahora es azul.
Lo que divide todo el espacio es el muro con la puerta en el centro, es como una cortina que divide dos escenarios.
Sigues caminando, tu mirada sigue fija en ese desierto en movimiento, estás a punto de atravesar la puerta y tocar ese azul profundo. Justo enfrente de ti aparece uno de esos rostros desconocidos y cierra de un golpe la puerta que estabas a punto de atravesar.
Despiertas del trance cuando el rostro desconocido sólo dice con una paz extraña… “¡Cuidado! La tormenta está a punto de venir.”
Ves una habitación muy larga, con imágenes conocidas. Las pocas escaleras danzan con el blanco del piso y de las cortinas que se suman a la claridad del lugar.
El movimiento de los rostros desconocidos que son uno contigo se mezclan con el movimiento de las telas blancas que cubren una parte del piso y de los pocos muebles que se encuentran en la habitación.
Miras al fondo, te llama la atención la ventana que está justo al centro del muro. Observas el marco, traslúcido a través de las cortinas y te das cuenta que no sólo es una ventana, es parte de una puerta que se encuentra cerrada. Ves como el viento que viene de afuera mueve suavemente las cortinas y te deja ver un poco el exterior.
El tiempo se detiene, todo el movimiento de la gente que está dentro contigo; con ideas, con rostros desconocidos, con ausencia, se detienen un segundo cuando te das cuenta de lo que está fuera de ti, a través de la ventana … el principio del desierto.
La inmensidad del polvo dorado, con huellas del viento que forman curvas por sus pasos te hacen sentir lo cálido que es afuera, bajo ese sol inexistente de mercurio dorado.
Te pierdes un momento. Olvidas lo que viste. Un rostro no conocido te habla con extraña confianza a la que tú respondes con naturalidad y completa soltura.
Algo te hace girar el rostro, es una sensación de descubrir por primera vez algo que se sabe que ya se ha vivido.
Llegas al centro del muro, no sabes cómo llegaste ahí, la ventana es ahora una puerta abierta, las cortinas siguen flotando por el viento que entra suavemente.
El dorado es ahora un azul profundamente obscuro, sabes que es como una neblina que ha cubierto la inmensidad, es como si el bullicio de la habitación hubiera manchado aquel polvo dorado tocado por el viento.
Ahora, afuera, todo es movimiento y obscuridad, sabes que ahí hay algo a lo que le temes, tal vez sea algo peligroso, aún así, el miedo no te ha tocado mientras caminas hacia la puerta con la mirada fija en ese desierto que ahora es azul.
Lo que divide todo el espacio es el muro con la puerta en el centro, es como una cortina que divide dos escenarios.
Sigues caminando, tu mirada sigue fija en ese desierto en movimiento, estás a punto de atravesar la puerta y tocar ese azul profundo. Justo enfrente de ti aparece uno de esos rostros desconocidos y cierra de un golpe la puerta que estabas a punto de atravesar.
Despiertas del trance cuando el rostro desconocido sólo dice con una paz extraña… “¡Cuidado! La tormenta está a punto de venir.”
